Amores como el nuestro
Desde que tengo uso de razón, uno de mis objetivos en la vida fue
casarme. No tengo claro el motivo. Me criaron para no depender de nadie y ser
totalmente autosuficiente. Pero siempre soñé con que algún día llegaría, y que
sería el evento perfecto. Años y años diagramándolo en mi cabeza, antes
siquiera de pensar en tener novio. Y ahí me encontraba, con el velo colocado,
en el instante previo a dirigirme al altar.
Lucas estuvo de acuerdo desde el minuto uno en celebrarlo de esta forma:
en un casco de estancia, antes del comienzo del verano. Buen clima, pero sin
demasiado calor para que todos pudieramos disfrutarlo. La celebración previa a
la fiesta comenzaría a la hora mágica, con el sol cayendo en medio de un parque
rodeado de árboles, guirnaldas y flores. La realidad es no le di muchas
opciones a mi futuro marido. Estaba empecinada en que fuera así, tal y como yo
quería. Acepté negociar una de las tandas de música, y que en el carnaval
carioca él tuviera puesto un sombrero horrible de Racing a cambio de que el
resto fuera toda elección mía. Él, probablemente como la mayoría de los varones
en estas circunstancias, quería que le rompiera las pelotas lo menos posible.
Le daba lo mismo que de centro de mesa hubiera flores rococo compradas en una
mercería, o un conjunto de plantas oriundas de la India. Eso me permitió
moverme con una facilidad envidiable. Sabía que todo luciría perfecto.
A las 19:00 hs todos los invitados estaban ubicados en sus lugares. Formaban
un semicírculo que miraba al espacio donde Lucas me esperaba junto a un
influencer que oficiaría de maestro de ceremonia. Unos minutos después, bajo
una angelical versión de “Perfect” de Ed Sheeran tocada en vivo por un dúo de
saxo y violín, comencé mi camino más soñado. El vestido diseñado por Natalia
Antolin dejaba mis hombros al descubierto y resaltaba un escote no tan
prominente pero muy bien lookeado. Todos los asistentes contemplaban
emocionados el recorrido, mientras yo pensaba en contener las lágrimas para que
no se me corriera el make up. Al igual que la musicalización, todo era
perfecto. Hasta que hice contacto visual con alguien. Alguien que no tenía que
estar ahí. En mi cabeza, todas las personas desaparecieron por unos segundos
que parecieron eternos, y solo quedamos en medio de la fiesta él y yo. Me
miraba directo a los ojos, con la sonrisa ladeada a la izquierda y un semblante
que denotaba desprecio. De repente, sentí que mi noche soñada, y también mi
vida, estaban a punto de estallar violentamente.
6 años en pareja llevábamos con Lucas. Nos conocimos en primer año de la
facultad, cuando yo aún quería ser abogada. La idea me duró solo un cuatrimestre
más. Desde el primer momento mi familia lo recibió muy bien. Es un chico muy trabajador,
amiguero y divertido. Hizo mi vida más feliz desde el principio. Como toda
pareja, a lo largo del tiempo tuvimos algunos desencuentros. A Lucas le costaba
manejar sus celos, y eso sacaba lo más reaccionario de mí. No estaba dispuesta
a negociar mi independencia por sus inseguridades. En una de esas ocasiones
discutimos en malos términos, y mis amigas me sacaron a despejarme. Me llevaron
a Makena, un bar en Palermo. Esa noche cometí varios excesos. El primero fue
que bebí mucho y también tomé un poco. El segundo fue Manuel. Morocho de ojos
claros, 1,80 de altura, brazos de gimnasio; era el chico de la barra que nos
atendió. Las chicas quisieron levantárselo, pero no le dio calcé a ninguna. Yo
no reparé demasiado en él, hasta que me regaló un trago, y me dijo “tomá
muñeca, cortesía de la casa para matar la tristeza”. Me sorprendí porque a
pesar de mi actitud, por dentro me sentía muy angustiada, pero nadie lo había
notado. 5 minutos después lo estaba besando en un baño, y después me fui con él
a su casa. La química que experimenté no la había sentido en mi vida entera.
Aún hoy no podría describirla.
Confieso que en un principio no me arrepentí para nada, a pesar de haber cruzado
todos los límites y normas éticas de mi vida en una sola noche. A las semanas arreglamos
las cosas con Lucas, pero durante casi un año seguí viendo también a Manuel.
Nuestros encuentros mezclaban adrenalina y sexualidad en cantidades
industriales que me hacían sentir viva como no me había pasado jamás. Sin
embargo, la culpa empezó a desgastarme, e hizo que las visitas a Manuel fueran cada
vez más esporádicas. Paradójicamente, a medida que mis ganas decrecían, las de
él aumentaban en una dirección oscura. Su actitud comenzó a cambiar. Dejó de
ser tierno para convertirse en obsesivo. Quiso instalarme la idea de que Lucas
no era un chico para mí, que yo me merecía algo mejor. Empezó a aparecer por mi
barrio, y a quererme cruzar con cualquier excusa. Todo se fue tornando muy nocivo.
Hasta que recibí un mensaje al celular que decía “te queda tan linda esa remera
color salmón y vos luciéndola de camino a lo del gil de tu novio”. Cuando lo
leí, me empezó a doler el pecho y sentí que me bajaba la presión. La ansiedad y
el estrés fueron demasiado grandes y decidí cerrar ese capítulo de mi vida. No
le quería contar a nadie sobre eso. Tenía mucho miedo de perder a Lucas. Pero
creo que más miedo tenía de Manuel. Al decirle que hasta ahí llegábamos, no se
lo tomó muy bien. Lo hice por WhatsApp, porque ya no me animaba a verlo. Me dejo
más de 20 audios llorando y gritando. Tuve que bloquearlo del teléfono y de todas
las redes sociales. Siguió apareciendo por la puerta de mi casa por varios días,
hasta que finalmente desistió. Lo último que supe de él fue un mensaje que me
dejó escrito de puño y letra en una nota en mi auto. Solo decía “Hasta luego. Nunca
me voy a olvidar de vos. Vos tampoco te vas a olvidar de mí”. 3 años pasaron de
eso.
Y ahora estaba ahí, en mi boda, vestido de traje y moño, con cara de
cínico, mirándome fijo.
Mi caminata al altar tuvo un freno imperceptible para quienes estaban en
el parque esperando a que diera el sí y me uniera a Lucas en sagrado
matrimonio. Unos 30 metros me separaban de quien iría a ser mi marido, pero
cada paso que daba sentía que estaba a punto de derrumbarme y caer desmayada.
Manuel solo podía estar ahí para gritar que él tenía un motivo para que esa
boda no se celebrase. Sea por amor o por venganza, para contarle a Lucas lo que
hicimos, para romperme la vida y no poder reconstruirme nunca. Yo seguía
caminando lentamente, no podía detenerme, y lloraba angustiada por mi familia,
que sabría lo que hice y que ahora me avergonzaba horrores. Por mis suegros y
mis cuñadas, que no volverían a dirigirme nunca más la palabra. Y por Lucas,
que se enteraría de mis actos hoy, en este momento, en este día. Seguro no me
perdonaría jamás por humillarlo de tal forma.
Ya resolvería yo que hacer con mi vida, no era lo que más importaba en
ese momento. A lo mejor me iría a vivir a la Patagonia, para comenzar una nueva
vida en el Chalten, o en el culo del mundo donde nadie me conociese. O quizás
directamente en otro país. De seguro no volvería a tener vínculo alguno con el
resto de las personas que asistieron a mi boda. No sabría cómo hacerlo. Me
volvería una ermitaña que viviría sola, acompañada de animales adoptados, que
no conocerían mi vida anterior. Toda una vida tirada por la borda.
No sé en que momento llegué al arco nupcial. Quien oficiaba la ceremonia
hablaba y hacía chistes sobre mis lágrimas y mi emoción. Hablaba de Corintios
13:4-8, del amor que es paciente y bondadoso, y Lucas me miraba dulce y atento.
Me imaginé que de repente un diluvio o un huracán podría suspender la
ceremonia, pero no, el atardecer estaba tan terriblemente hermoso como siempre
lo había soñado. También pensé en salir corriendo, subirme al auto y
desaparecer, para luego alegar que la emoción me invadió de tal forma que se
apoderó de mí. Pero no, no hubiera sido creíble para nadie, ni tampoco tenía agallas
para eso. Por un momento creí que era justicia poética que fuera a pasar lo que
seguramente pasaría, que era hora de pagar por mis acciones. El karma, las
consecuencias y la reputisima madre que me parió.
El influencer dio paso a que digamos unas palabras. Lucas hizo algunos
comentarios sobre nosotros que provocaron risas y ternura en los invitados, y
terminó haciendo uso de una frase de los Redondos: me dijo mirándome a los ojos
que me amaría en este día, y cada día. Yo estaba acongojada y pensé en terminar
con todo de la manera más digna, contando la verdad. En un rapto de fé
católica, supuse que a lo mejor la verdad me podría hacer libre. Pero tampoco
me animé, y solo dije que era muy feliz y que lo amaba. El momento cúlmine
llegó después de responder si aceptábamos al otro por esposo. El maestro de
ceremonias preguntó jocosamente si alguien tenía algo para decir, o que, si no
era así, que callase para siempre. Todo quedó en silencio por varios segundos.
Solo cerré los ojos bien fuerte, como cuando era chica y tenía miedo de que un
monstruo apareciera en la oscuridad, creyendo que, si hacía eso, la bestia
simplemente desaparecería. Estaba esperando el impacto. Quizás lo que hice
logró su efecto. Porque nadie dijo nada. Al abrir los ojos, Manuel ya no estaba
allí. No sé en qué momento lo perdí de vista. Se había esfumado.
Nos besamos con Lucas mientras todos aplaudían y yo dudaba de mi psiquis.
¿Vi a Manuel o me equivoqué? No, no y no. No podía haberme equivocado. O sí. ¿Acaso
los nervios y la culpa que nunca me saqué de encima me habían traicionado a
niveles insospechados? Nuestros familiares y amigos nos saludaban y abrazaban,
y por unos instantes me pude relajar y conectar con ese momento. Después, el
fotógrafo nos tomó unas fotos con la caída del sol, mientras la gente
disfrutaba de la recepción.
Nos incorporamos unos minutos después al resto de los asistentes. Lucas
se fue a hablar con unos amigos mientras yo me fui a la barra; necesitaba un
trago con urgencia. Había mucha gente haciendo fila, y no alcanzaba a ver nada,
por lo cual me acerqué por un costado para pedir un whiskola. Comencé a
transpirar cuando vi al barman de espaldas. Creí reconocerlo enseguida. “Que
carajo haces en la barra de mi fiesta!!” quise gritar. Pero no hizo falta. Al
girarse hacia mí, vi que el muchacho no era Manuel. La cabeza a veces te
sugestiona en formas intensas.
Con
el trago en la mano, intenté retomar el control sobre mí. No estaba viviendo el
evento de mi vida de la manera que soñe. Empecé a saludar y hablar con todos
los invitados, los de mi parte, los de Lucas, los más cercanos y los que
invitamos por compromiso. Con algunos me mostraba graciosa, con otros más emocionada,
pero con todos fui una reina. La sensación de intranquilidad fue cediendo a
medida que avanzó la noche. Todo el mundo parecía estar pasándola bien,
comiendo y bebiendo rico y abundante. Lucas estaba contento, y se sacaba fotos
con todo el mundo. Creo que le fue agarrando el gustito a la celebración una
vez que empezó.
Para
el momento del corte de la torta, cerca del 75% de los adultos de la fiesta contaba
con un nivel de alcohol en sangre importante. Sabía que ese sería uno de mis
momentos, en el cual agradecería a todos por venir, me emocionaría, con llanto
y todo, lluvia de aplausos y palabras hermosas. Tuve que pedir silencio tres
veces porque los amigos de Lucas no paraban de saltar y cantar “Racing, vos sos
mi viiiida, lo mas graaaaande, de la Argentiiiiina”. Si, él también saltaba y
cantaba al lado mío. Cuando por fin pude hablar, hice lo que tenía pensado, y
después de limpiarme las lágrimas, propuse un brindis. En el instante en que nuestros
invitados gritaban “¡Que vivan los novios!”, creí ver a Manuel de nuevo. Al
fondo de todo, detrás de una columna, apartado, como una figura espectral. Se
me heló la sangre. Manuel y el miedo. Manuel y mi psiquis. Manuel y la concha de
tu madre. Pero el discurso, mi casamiento y mi estado etílico me envalentonaron
para gritar, aún con el micrófono en la mano. “¿Perdón, quien es la persona que
está ahí?”. No sé por qué lo hice. Podría haber salido muy mal. Todos me
miraron como si fuera una loca, porque efectivamente no había nadie detrás de
esa columna. Todos menos Lucas, que me miró fijo por primera vez en toda la
noche, con las cejas tensas, el rostro pálido y la frente sudorosa. No supe si
se había enojado, si le di vergüenza o si el fernet le había empezado a pegar.
“Los
Charros” empezaron a tocar para arrancar con el carnaval carioca. Las pelucas y
las gorras fluor coloreaban las cabezas, junto con collares brillantes, maracas
y cornetas. La pista se llenó con los invitados de nuestra edad, mientras que algunos
de los más grandes aprovechaban el momento para hacer su retirada. Nuestros
amigos más cercanos nos levantaron por el aire mientras sonaba el estribillo de
Amores como el Nuestro: “Como Romeo y Julieta, lo nuestro es algo eterno” cantábamos.
Al bajarnos, me acerqué a despedir a unos primos de mi mamá que habían venido
especialmente del interior. Los había invitado de compromiso, porque quería que
hablaran toda la semana de mi casamiento. La madre de Lucas me preguntó si lo
había visto a su hijo. Lo busqué con la mirada en el salón, pero no lo encontré.
Fui hasta el baño, y tampoco estaba ahí. Al salir a la galería, lo vi irse al
trote hacia la enorme arboleda que estaba detrás del lugar donde hicimos la
ceremonia. Me acerqué caminando despacio, sin decir nada. Ahí los vi a los dos.
Manuel
estaba vestido tal como creí verlo al inicio. No fue una fantasía. Estuvo ahí
siempre, durante todo el evento, vaya uno a saber dónde. Lucas le agarraba la
cara y lo besaba. Lo besaba con una ternura con la que no recuerdo que alguna
vez me hubiera besado a mí. Me quedé tiesa, sin poder decir una palabra. Cuando
se soltaron, me vieron. Lucas atinó a decirme que él podía explicarme, que no
era lo que parecía. Manuel me miró y después de unos segundos dijo “Lamento que
nos conozcamos en esta circunstancia. Luqui, déjame que hable un segundo con
ella”. Avanzó unos pasos, se puso de frente a mí, y en voz alta y clara dijo
“Mi nombre es Manuel y estoy enamorado de Lucas”. Luego se acercó un poco más, con
una leve sonrisa socarrona y en voz muy baja agregó: “Te dije que no te ibas a
olvidar de mí, ¿viste?”. Di dos pasos para atrás. No supe si estaba ante un ser
sumamente cruel y uno terriblemente engañado, o ante dos perversos apasionados.
Los miré a ambos de arriba a abajo, con asco y vergüenza. Me di media vuelta y
mientras caminaba de regreso al salón, les dije:
—Queda
menos de una hora. Hagan lo que quieran, pero no me arruinen mi fiesta ahora,
hijos de puta.
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