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Me gustaría poder volver a aquel fin de semana. Por una mezcla de casualidades surgió una ventana de 36 horas para escaparnos a la playa. De parte de ella, por pijamadas en casa de un amiguito y campamentos escolares; por mi lado, porque una prima se ofreció a cubrirme cuidando a mi madre, internada en una clínica desde hacía un par de meses. Muchas veces habíamos fantaseado con la idea de un rato largo lejos de todos. Y se dio justo cuando todo ya se desmoronaba, como esos castillitos de arena que quedan abandonados a su suerte cuando cae el sol. Por lo que decidimos hacer una de las cosas que mejor nos salían: fingir demencia y seguir adelante. En menos de una hora ya teníamos organizado todo. La busqué por la estación de Devoto el viernes al final de la tarde. La calle estaba tan hostil como uno podría imaginarse en ese día y horario, pero a nosotros poco nos importaba. Poquísimo. Supongo que nos vimos envueltos en una fantasía que cabalmente sabíamos que no era real, pero e...