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Nada que no supieras

¿Como hago para dejar de pensar en vos? Si la última vez que nos vimos te dije, cuando me abrazaste en tu sillón, que sentía que había llegado a casa. Si sos familia y hogar. Un hogar bastante movido y curioso, digamos todo. Pero sos hogar. Si el unico lugar en el mundo en el que soy muy feliz es cuando te veo a vos. Nadie jamas tuvo ese superpoder para conmigo: escribirme un "hola", o mirarme, y que todo el resto alrededor deje de importar. Esa facultad increible de cambiarme el día, por más choto que pudiera estar siendo. Como si no existiera un mañana, ni un ayer. Solamente vos, yo, y la eternidad. Aunque esa eternidad nos dure un suspiro, aunque no nos salga todo lo bien que quisieramos, aunque objetivamente tengamos internalizado que a lo mejor (o a lo peor) no todo se puede en esta vida. ¿Como dejar de oir a eso que está adentro nuestro y nos dice "no se vayan, no se alejen, ¿no entienden que esto es mas fuerte de lo que creen?". Spoiler alert: lo es. Es avasa...

Amores como el nuestro

  Desde que tengo uso de razón, uno de mis objetivos en la vida fue casarme. No tengo claro el motivo. Me criaron para no depender de nadie y ser totalmente autosuficiente. Pero siempre soñé con que algún día llegaría, y que sería el evento perfecto. Años y años diagramándolo en mi cabeza, antes siquiera de pensar en tener novio. Y ahí me encontraba, con el velo colocado, en el instante previo a dirigirme al altar.   Lucas estuvo de acuerdo desde el minuto uno en celebrarlo de esta forma: en un casco de estancia, antes del comienzo del verano. Buen clima, pero sin demasiado calor para que todos pudieramos disfrutarlo. La celebración previa a la fiesta comenzaría a la hora mágica, con el sol cayendo en medio de un parque rodeado de árboles, guirnaldas y flores. La realidad es no le di muchas opciones a mi futuro marido. Estaba empecinada en que fuera así, tal y como yo quería. Acepté negociar una de las tandas de música, y que en el carnaval carioca él tuviera puesto un som...

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  Me gustaría poder volver a aquel fin de semana. Por una mezcla de casualidades surgió una ventana de 36 horas para escaparnos a la playa. De parte de ella, por pijamadas en casa de un amiguito y campamentos escolares; por mi lado, porque una prima se ofreció a cubrirme cuidando a mi madre, internada en una clínica desde hacía un par de meses. Muchas veces habíamos fantaseado con la idea de un rato largo lejos de todos. Y se dio justo cuando todo ya se desmoronaba, como esos castillitos de arena que quedan abandonados a su suerte cuando cae el sol. Por lo que decidimos hacer una de las cosas que mejor nos salían: fingir demencia y seguir adelante. En menos de una hora ya teníamos organizado todo. La busqué por la estación de Devoto el viernes al final de la tarde. La calle estaba tan hostil como uno podría imaginarse en ese día y horario, pero a nosotros poco nos importaba. Poquísimo. Supongo que nos vimos envueltos en una fantasía que cabalmente sabíamos que no era real, pero e...