998
Me gustaría volver a aquel fin de semana. Por
una gran alineación planetaria que incluía pijamadas en casa de tíos,
campamentos escolares, y cambios de turnos de trabajo, surgió una ventana de 36
horas para escaparnos a la playa. Justo cuando todo ya se desmoronaba, como un
castillo de arena que queda abandonado a su suerte al caer el sol, y la subida
de la marea junto al viento erosionan lo que queda en pie de él. Pero decidimos
hacer una de las cosas que mejor nos salían: fingir demencia y seguir adelante.
Por lo que en menos de una hora ya teníamos todo organizado.
Una tormenta con granizo a la altura de La
Plata nos hizo avanzar casi a paso de hombre hasta Castelli, donde no solo cesó
el aguacero, sino que dio paso a un cielo abierto y estrellado. No manejar con
aquel nivel de tensión con escasa visibilidad nos posibilitó concentrarnos en
charlas que veníamos esquivando hace meses. Sobre la vida, la rutina, y porque
lo nuestro estaba destinado a no funcionar. Me dijiste que nunca habíamos
pasado tanto tiempo juntos como el que íbamos a pasar ese fin de semana, y que nos
dabas ternura. Yo creo que te querías escapar de tu vida por un rato mientras
jugábamos a los novios.
El sábado fue ideal. No hubo ni una sola nube.
A la mañana caminamos por la playa, y a la tarde leímos en silencio espalda con
espalda después de una siesta a la que tuvimos que recurrir por hacer el amor
como si tuviéramos 20 años menos. Ya de noche fumamos en el balcón y salimos a
caminar por Chiozza. Sonaba una batucada con ritmo de canción de cancha y frenamos
en todas las casas de alfajores, con la secreta y bajonera esperanza que en
alguna estén haciendo una degustación. El clima era soñado, típico de la costa
en esta época del año, y vos reías sin parar. De repente te perdiste mirando un
local que vendía unos muñequitos de Stranger Things, y te cambio la cara por
completo. No me lo dijiste, pero supe que en ese instante extrañabas a tus
hijos, y te invadió la culpa por habernos escapado a descansar cuando vos no
podías llevarlos de vacaciones desde antes del 2023.
Al ratito volviste a cambiar el semblante, y
todo fue felicidad cuando encontramos una parrilla libre sobre Avenida San
Bernardo, con un vacío increíble y unos ravioles que tardaron 40 minutos en
traer. La vuelta se hizo un poco pesada, no por sombría o triste, sino porque
comimos hasta el hastío y nos costaba respirar. Esas ocho cuadras hasta el
hotel se hicieron largas, pero a pesar de sentirnos un poco mal, nos mirábamos
y sonreíamos, cómplices por estar ahí. Reír, vos y yo. Una playa, el mar, la
luna. Nada puede salirnos mal cuando estamos así de luminosos, como en estado
de gracia. Pausa y amor. La vida, esa que nos dolía, nos daba una tregua.
Llegamos a la habitación del hotel, y al ratito baje a buscar helado para ver
la carrera. Cuando subí, ya te habías dormido. Esa noche estábamos llenos y no
de comida.
Menos de diez horas después, estábamos de
nuevo en la ruta. El camino se hizo ameno, salvo por el ratito en que me estaba
meando y no conseguía una estación de servicio para poder frenar. También
intentamos comprar frutillas a buen precio, pero nos terminó pareciendo una
estafa, sin olvidarme que la vendedora te cayó mal desde que nos saludó. Ya
adentrados en la autopista 25 de Mayo, te empezaron a dar muchas ganas de
volver a la realidad diaria y a tus pipines, a quien no veías hacía casi dos
días, lo máximo que estuviste lejos de ellos en casi tres años. Apenas
entramos, los besuqueaste y les compartiste los alfajores que compramos.
Estabas tan plena. Luego almorzamos, y me volví a mi casa, pensando en lo
maravillosa que es la vida llena de amor, tanto cuando es efímero y puede
acabarse a la vuelta de la esquina. Sonaba Perfect Day en Aspen, y no podría
haber estado más de acuerdo con Lou Reed.
Esa misma noche me dijiste que sentías que
había sido un viaje más cercano a una despedida que a otra cosa. Quizá tenías
razón. Y eso no significa que esté mal. A lo mejor solo queda una insondable
sensación de irse en fade hasta que se apague el amor de a poquito, o hasta que
el hartazgo, la ansiedad, el dolor, o alguna otra sensación, nos hagan pedir la
cuenta y no esperar el vuelto. Parafraseando lo que alguna vez Charlie Brown le
dijo a Snoopy, esto algún día morirá. Pero el resto de los días no. Seguro que
lo que nos despabila el alma va a terminar doliendo infinitamente más que lo
que apenas nos roza y pasa sin pena ni gloria. Sea que dure para toda la vida.
O exactamente 998 días y noches.
Comentarios