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Playa

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Me alcanza con recordar el olor que impregnó el auto del nono cuando ya estábamos a unos pocos kilómetros de San Clemente, para saber que ese fue el punto exacto en el cual sentí mariposas en la panza por primera vez. Esas cosas no se olvidan, claro que no. Los 80 se caían por la ventana con precios que volaban en una misma tarde, e irnos de vacaciones por primera vez (en realidad no la primera primera, pero si la primera vez de la cual yo tomé noción real) fue una empresa casi de riesgo. Yo no sabía bien que era Villa Gesell, pero papá me dijo que era un lugar con mar y arena, y no me produjo ninguna sensación particular. Solo estaba contenta por irme de vacaciones, que tampoco entendía bien del todo que era aún. Pero ese aroma. Que no era solo un aroma, era una aroma y una brisa, y una forma de quemar del sol que nunca había sentido. No tenía palabras en ese momento, y creo aún no las tengo, pero si me acuerdo de lo que sentí cuando dejamos los bolsos en la casita que quedaba a 5 ...

Gallego

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“Perturbar, lo que se dice perturbar, fue lo que pasó esa noche”, dijo Luis. Luciano, que estaba escuchando de refilón, lo interrumpió. “Dale, Luis, decime la verdad: vos estabas tomado ese día”. Nervioso, atolondrado por defenderse de la “acusación” de su compañero de maestranza, mantenimiento, limpieza (y seguridad) en el club, y ansioso por quedar bien ante parado ante su espontánea audiencia, que estaba conformada únicamente por Juanjo, presidente del centro de jubilados “La fraternidad” y socio del club desde la década del 60, Luis insistió en que no, que no había tomado, que había estado con un ataque al hígado bárbaro por un lechón que comió el día anterior. “Luisito, somos pocos y nos conocemos mucho”, lo chicaneó Juanjo. “Que no, que lo juro por mis hijas, es verdad lo que les voy a contar”, y se santiguó tres veces seguidas. Los tres se encontraban en el hall de la sociedad de fomento. Las paredes despintadas, en distintos tonos de amarillo pálido, y la puerta de metal oxidad...

Vicisitudes de un amor culinario

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La noche que nos conocimos no fue una más para mí. Quedé deslumbrado por tu brillo, por tu aroma y tu inmensidad. He conocido a otros como vos, desde ya. Pero nunca con la combinación perfecta de caramelo a punto, crema que rememora una nube y dulce de leche generoso y rebalsón: tus compañeros que te adoran y adornan, te complementan y te potencian. Esa vuelta me generaste una alegría como no recordaba, una ilusión nueva, un palpitar de emoción y cosquillas en la panza. Me sentí un chico a punto de hacer su primer gol en la primera del club de sus amores.  Corría la pandemia y no podía ir a buscarte, sino esperar que por algún hecho azaroso (o no tanto), un pedido concreto a alguien dispuesto a cruzar de la Ciudad a la Provincia por arrumacos y calor, te pasara a buscar sin excusas. La interlocutora y transportista de turno no lo sabía, más quizás intuía lo nuestro. Poco importaba. Lo real, lo valiente, lo exclusivo, era estar juntos. Pasó el tiempo y pude ir a visitarte a tu hogar...

¿Por qué estás en un hospital?

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PRIMER ACTO Es viernes a la noche, hace calor y la humedad se hace sentir más que otros días. Casi no hay señal en este hospital del conurbano bonaerense. Se me acaba la batería del teléfono y tampoco me traje nada para leer. El doctor se acerca y dice que hay más de diez horas de demora para la atención. La gente se agolpa por la epidemia de dengue de marzo y, efectivamente, es el único médico en todo el hospital zonal que deambula entre la guardia y los pisos de internación. Mi abuela casi no se queja. Está con fiebre pero se la banca. “Estuve peor en la guerra, nene. No pasa nada. Ya me van a atender”. Pienso en la generación de cristal que me sucede, que tiene ansiedad si no le responden un whatsapp a los 2 minutos y entran en crisis, y me río solo. La abuela me mira y también se ríe. La gente nos mira desorientados. En la primera fila veo a dos personas de avanzada edad. Ella le sostiene la cabeza a él, y probablemente también su alma, cuyo cuerpo parece querer pedir la cuenta...

El ojo (sentimientos encontrados)

  Hace mas o menos una hora que llegué a casa. Sigo aturdida y algo confundida. Por la luz que entra por una hendija de la persiana, entiendo que debe ser el final de la tarde, pero de camino hacia la clínica estaba lloviendo. De hecho, no estoy del todo segura que sea el mismo día. Siento la cara adormecida, como si me hubiera desmayado arriba de una bolsa llena de hielo. Tengo algunas dificultades motrices para mover el resto del cuerpo, y por eso prefiero quedarme en mi cama, quietita. El clima en casa es cálido; todavía no se fue el verano, pero yo siento algo de frío. Creo percibir un aroma a café que viene de la cocina, y la veo a mi hermana salir disparada a ver si puede comer algo. Ella come a toda hora, es muy glotona; algún experto diría “como toda colorada”, pero a mi me parece un reduccionismo un poco simplista, y me hace acordar a la frenología de Gall. Enseguida viene él, con su taza humeante, me pregunta “¿cómo se siente mi nena?”, y me hace un mimo en la cabeza. Des...

Ilusión

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     Diciembre 2022. Las calles argentinas rebalsan de papelitos, guirnaldas, camisetas, abuelas y borrachos con los colores celeste y blanco, todos los días, a cualquier hora. Para cada turista que pasea por el país, escuchar la canción "Muchaaaaaachos" se torna realmente insoportable: suena en los boliches, en los bares, restaurantes, suena en los bondis, en las escuelas, en los gimnasios; pero sobre todo en las guardias de los hospitales. La ilusión de ser campeones del mundo después de 36 años está más firme que nunca y prácticamente nadie puede escaparle. La gente (como ente único, amalgamado, sólido y caprichoso) solo habla de eso (estudios privados indican que la productividad laboral y el rendimiento educativo mermó en un 28% desde mitad de Noviembre en adelante), de haber llegado a una nueva final, de poder tocar la gloria; la sed peligrosa de una alegría popular tan necesaria como primitiva y urgente; el néctar que pueda calmar el instinto de los que vivimos est...

Velas

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"Brunswick es una ciudad alemana de aproximadamente 50.000 habitantes. Está ubicada 2 horas de tren de Berlín, y a media hora de Wolfsburgo, emblema por estar allí establecida la sede principal de la automotriz Volkswagen. Pero el dato distintivo de esta Ciudad es la particularidad que ocurrió exclusivamente durante 1964. Nunca nadie supo explicar cómo, ni porque: en todo ese año, al momento de celebrar un cumpleaños, al cumplir con el rito casi obligatorio del soplido de velas, sobre los pasteles se dibujaba con fuego un número... un número que de buenas a primeras lucía como caprichoso e injustificado. A medida que avanzaba el año, indefectiblemente esto se repetía en todos y cada uno de los festejos. Incluso aquellos escasos que, atemorizados, cancelaban la celebración, veían en algún momento grabado un número en algún sector de su vivienda. Con el correr de los días, los habitantes normalizaron este hecho, quizás abrazados a la idea de que a todos ellos, inexorablemente, les h...

"Si 11 años después..."

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Hace apenas unas semanas, mientras andaba en bicicleta y escuchaba un podcast, Clemente Cancela le preguntó a un invitado famoso en que momento de su vida notó que quería ser periodista; si recordaba el momento en el cual descubrió su vocación. Honestamente no recuerdo la respuesta del entrevistado. Pero si recuerdo que automáticamente me pregunté lo mismo, si tenía recuerdos de mi niñez acerca de lo querría hacer en mi futuro. Y algo que en otro momento podría haberme llevado más tiempo, surgió de golpe. Como si mi parte más consciente y pensante estuviese ocupada en exclusiva de pedalear, frenar, esquivar autos y seguir (como una metáfora de la vida en "modo avión", tal vez), otra parte de mi cerebro tomó el control y contestó con una inconsciencia abrumadora: "Contar historias". Ese descubrimiento o autorrevelación casi epifánica está fundado, pero no estoy seguro si alguna vez me detuve a pensarlo de forma tan sintética, llana, simple y clara. Probablemente siem...

El mundo es de los que se animan

"Medusa, la guardiana, aquella que con su sola mirada convierte a las personas en piedra. Saltás, te movés, huís, pero no podés dejar de mirarla; la evitás por un tiempo, pero terminás cayendo. Como en un juego de guerra y mitología griega, sabés que ella va a estar ahí al final de la pantalla, una vez más, y que hasta que no consigas derrotarla, no vas a pasar de nivel. Probaste con hielo, con fuego, yendo por otros rumbos, pero allí está siempre. Tomás aire, te fastidias por enésima vez, y empezas de nuevo. Recordás que no hay enemigos para toda la vida, que siempre HOY es el primer día del resto de tu vida, y que el miedo paraliza, pero que solo los valientes logran asumirlo, enfrentarlo y derrotarlo. Caes en la cuenta que, probablemente, el que está errado (en confiar, en escuchar, en creer, en aferrarte) sos vos, que las cosas que hacen mal, lo hacen porque VOS se lo permitís, porque vos dejas que te afecten, y que es tu ELECCIÓN que sigan formando parte de tu vida, o que ...

Capítulo 156...

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Es que... pensar a la Maga como la suma de muchas y variadas partes, y no como un todo, era una tarea francamente imposible. La inconexidad de los compenentes nunca podría dar como resultado final una forma tan exacta, tan freneticamente atrapante, tan Lucía. Caer ante sus marrones ojos que suplicaban comprensión y escondían profundos temores no ocasionaba dificultad alguna; lo extraño era cuando no ocurría. Tomar su rostro con las manos, mirarlo, tocarlo, besarlo, desearlo, contemplarlo, todo durante muchos y minuciosos minutos, y reiteradamente, podría haber sido un gran hobby de señores feudales, o de peones recien iniciados. Pero beber de su vida, recitar sus labios, consumir su alma, no era una actividad para cualquiera. Había que saber mirar a la Maga, porque su mirada recordaba a la de Medusa, solo que ella podía lograr que toda Grecia y su entera mitología se redujeran a cenizas, luego de derretirse, en lugar de convertirse en piedra. Derrumbarse sobre su espalda, podía costar...