998
Me gustaría volver a aquel fin de semana. Por una gran alineación planetaria que incluía pijamadas en casa de tíos, campamentos escolares, y cambios de turnos de trabajo, surgió una ventana de 36 horas para escaparnos a la playa. Justo cuando todo ya se desmoronaba, como un castillo de arena que queda abandonado a su suerte al caer el sol, y la subida de la marea junto al viento erosionan lo que queda en pie de él. Pero decidimos hacer una de las cosas que mejor nos salían: fingir demencia y seguir adelante. Por lo que en menos de una hora ya teníamos todo organizado. Una tormenta con granizo a la altura de La Plata nos hizo avanzar casi a paso de hombre hasta Castelli, donde no solo cesó el aguacero, sino que dio paso a un cielo abierto y estrellado. No manejar con aquel nivel de tensión con escasa visibilidad nos posibilitó concentrarnos en charlas que veníamos esquivando hace meses. Sobre la vida, la rutina, y porque lo nuestro estaba destinado a no funcionar. Me di...